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  • Foto del escritorSEBASTIAN DIAZ

El día del Zapatobol



La acción nos sitúa en el año 1989. El Muro de Berlín se encontraba en fase de derrumbamiento, y a lo largo de Europa revoluciones ponían fin al dominio comunista en las naciones. Y mientras tanto, en México, se vivirá uno de los episodios más graciosos que se pudiera tener la suerte de ver. Lamentablemente, las cosas no terminaron nada bien para uno de los involucrados.


Afuera de la Escuela Preparatoria Católica Ricardo Corazón de León, se estaciona un Volkswagen Sedán del año 67, cuyas llantas producen un traqueteo muy peculiar al girar sobre el asfalto. El conductor del Sedán es un adolescente que estudia en dicha preparatoria. Es alto, claro, y físicamente atractivo, sin embargo, también rellenito. Es rubio, tiene ojos grises muy resplandecientes, y cejas tupidas del mismo color que su cabello, y por sus expresiones se nota que es tímido, pero también amigable y risueño. Viste una playera naranja, con pantalones de jean y zapatos café.


Del asiento de atrás sale otro joven que es muy delgado en comparación con el primero y de piel relativamente más oscura. Este joven usa anteojos, tiene cabello oscuro muy corto y un poco despeinado. Este joven da pinta de ser el comediante del salón que sabe llevarse bien con todos. Él trae un uniforme verde que es el uniforme oficial de la escuela.


El tercer joven es más bajo de estatura que los dos anteriores, y da pinta de ser el típico ñoño tímido y de origen humilde. Su cabello castaño es rizado y está todo amontonado en una bola encima de su cabeza. Rápidamente se notan sus cuadernos y su mochila de muy baja gama, lo que nos da a entender que su familia es pobre y tiene pocos recursos. Él trae puesto el mismo uniforme que el chico de anteojos.


Por último, también usando el mismo uniforme, sale del Sedán la única chica de este pequeño grupo de amigos. En altura se encuentra entre el ñoño de cabello rizado, y el de anteojos, el cual es su mejor amigo. Su cabello castaño tiene la peculiaridad de estar repleto de franjas teñidas, de un color amarillo más cercano al blanco, cosa que no ha llamado la atención de buena manera. Los profesores no dejan de decirle a esta chica que el cabello teñido va en contra de los reglamentos de vestimenta del colegio.


El conductor del Sedán, llamado Carlos, se dirige hacia sus amigos, “Voy a cambiarme. Nos vemos en la clase.”


“Correcto. Ahí te esperamos,” dice el chico de pelo rizado, que se llama Iván.

El de anteojos, llamado Santiago, se queda ahí mirando mientras Carlos se acerca a una niña y la toma del brazo. Esta niña es la hermana de Carlos, Ana. Físicamente es igual a él, pero un año menor que él y mucho más en forma (no por nada es gimnasta rítmica.) Santiago no puede dejar de mirar a Ana, de quien está totalmente enamorado. Diana, su mejor amiga que está a su lado, le pone un brazo en el hombro.


“¿Ya te animaste a decirle?” le preguntó, con una mirada que el joven sabe es una mirada traviesa.


“Diana, no se trata de que me guste. ¿Y si a ella no le gusto?”


Iván comenta, “Al menos lo habrás intentado.”


Santiago toma esto en consideración mientras suena la campana, indicando el inicio de la clase. Dentro de la escuela hay una iglesia donde se realizan pastorelas, así como profesores parados en cada puerta de cada salón, vigilando que los alumnos lleguen a tiempo.


Los jóvenes entran. La primera clase del día es matemáticas. Diana sonríe, es su clase favorita, pero de los demás no.


Mientras el profesor explica el tema, Diana puede notar que Santiago (sentado a su lado) no puede tomar apuntes por la velocidad a la que habla el maestro. Carlos e Iván están sentados detrás. Las mejillas del primero se ruborizan considerablemente y además empieza a parpadear constantemente, un tic suyo cuando le divierte o asombra algo. Mientras tanto, el segundo, adopta una pose peculiar mientras se ríe de una forma muy divertida, una risa que recuerda a las de los perros de los dibujos animados de Hanna Barbera.


Santiago, que sabe que significa esa risa, voltea a ver a su amigo, con una cara que dice “¿En serio?” Entonces Iván deja de reírse, Diana también se carcajea en silencio.


Tras terminar la clase de matemáticas, los cuatro están sentados afuera en el receso. Carlos saca de su mochila un sobre con el diseño de un personaje animado, y se la entrega a Diana, quien la toma.

Adentro del sobre hay una nota con un chiste. El chiste dice así:

“’Ayer’ lleva ‘h’? No. Y ‘hoy’? Sí. ¡Pero como cambian las cosas de un día para otro!”

Diana se carcajea en cuanto lee dicho chiste y se lo pasa a sus amigos, por lo que Iván nuevamente deja soltar esa icónica risa suya.


Como podemos ver, la vida de estos amigos en general es pura risa y diversión. Sin embargo, la escuela les importa demasiado. Si tan solo estuvieran en un ambiente en el cual las risas y la diversión fueran recompensadas. Pero bueno, así son las cosas. Sin embargo, lo que nadie se imaginaba es que un día las cosas se saldrían de control, y su gusto por la risa y la diversión genuinamente los meterían en problemas (bueno, al menos a uno de ellos.)


El día siguiente comenzó de manera normal…hasta que les tocó la clase de Geografía. La profesora que impartía la clase, la Srita. Robles, era para ellos la peor maestra del mundo. ¡Se la pasaba gritoneando y regañando a todos agresivamente! Quizás se debía a que era demasiado corta en estatura, incluso más que Iván, de manera que tenía un complejo napoleónico y era demasiado alzada. Cuando la Srita. Robles, morena y con un estilo de vestimenta ya pasado de moda, entró al salón, azotó la puerta y golpeó el escritorio para llamar la atención de todos los alumnos, incluido nuestro grupo de amigos.


“¡A VER, MOCOSOS!” dijo estridentemente. “¡Su generación me enferma, con sus cubos multicolor y sus radios de bolsillo! ¡Les apuesto a que ni siquiera saben leer un mapa! Cambiaremos eso el día de hoy, ¡con un examen!”


Todos jadearon a lo que la maestra volvió a golpear el escritorio con el puño.

Carlos, uno de los pocos alumnos (junto con sus tres amigos obviamente) que no temía alzar la voz, comentó, “¿Qué nunca se astilla la mano de tanto golpear así?”

“¡SI NO TE CALLAS, SE ASTILLARÁ MI MANO DE DESFIGURARTE LA CARA!” bramó la Srita. Robles. No le gustaba que bromearan en clase, ni mucho menos para burlarse de ella. Empezó a repartir exámenes mientras se dirigía a nuestros protagonistas. “¡A ver, payasitos de circo! Parpadear, reírse como caricatura, rascarse la nuca y mascar chicle en la clase no los ayudará a aprobar la materia. ¡Así que espero estén listos para sudar y lloriquear porque voy a derretir sus cerebros!” Soltó una risa malvada (que más que intimidar realmente solo daba lastima, la verdad) y señaló al reloj para indicar el inicio de la cuenta regresiva del examen.


Santiago le susurró a Diana de manera sarcástica, “Que hable más fuerte. No creo que la escuchen ni en Alemania.”


Diana se rio del chiste de su amigo y chocaron la mano, antes de empezar a llenar sus exámenes.


Habían pasado 30 minutos cuando a Santiago se le ocurrió una idea. Asegurándose de que Diana no lo viera, le quitó su zapato izquierdo (perteneciente al uniforme escolar el cual por cierto odiaba) y se lo pasó a Carlos, quien, comprendiendo su idea, lo puso en el suelo. Diana pudo sentir algo raro y cuando volteó, no podía creer lo que estaba pasando.

“Chicos, ¿Qué hacen? Devuélvanme mi zapato.”

Pero no hicieron caso. Carlos e Iván, ambos rieron en voz baja, y empezaron a pasarse el zapato entre ellos, ¡como si fuera un partido de fútbol. Santiago se unió, y los tres se estaban divirtiendo como nunca. La Srita. Robles no lo notó en ningún momento, pero Diana estaba incrédula.


“Nos vamos a meter en problemas. Ya basta, dejen de hacer eso,” insistió, pero al final no pudo evitar reírse por dentro. La única vez que se divertía en la escuela era cuando ella y sus amigos hacían boberías.


Tras dos minutos de este pequeño y divertido partido, Diana tomó el zapato antes de que Carlos siguiera jugando con él. Estaba a punto de volvérselo a poner, y de repente…¡chan chan chan! La maestra giró y la vio con el zapato.


“¡DIANA DÍAZ PEÑAAAAAAAAA!”

Diana tragó saliva. ‘Ya valió’, se dijo a sí misma. Sus demás amigos también reaccionaron igual. ‘Oh oh’.


“Puedo explicarlo, Srita. Robles. Fue…”


“¡SUFICIENTE! ¡TE REPRUEBO EN EL EXAMEN, Y TE ESCRIBO UN REPORTE!”

Eso era todo. Diana nunca había llegado de la escuela con un reporte. Y ahora sí, por algo que ni siquiera era su culpa.

Después de eso, Diana se enojó mucho con los chicos.

“Muchas gracias, Carlos.”


Han pasado dos semanas desde este incidente el cual Diana no ha olvidado. Y tampoco ha olvidado cómo le fue en su casa después de ello. A pesar de no estar ya enojada con sus amigos, decidió divertirse un poco con ellos…para equiparar las cosas.


Los cuatro amigos estaban sentados en una banca comiendo su almuerzo, luego de tomar su materia menos favorita: Deportes.

“¿Por qué existe una clase de deportes?” dijo Iván.

“Si no existiera, ¡no me estaría chupando tanto el dedo!” recriminó Santiago mientras todos reían.

Mientras sus amigos estaban ocupados riendo, Diana aprovechó para…atarles las agujetas de los zapatos juntos. ‘Esto es por el reporte,’ se dijo a sus adentros.


Al terminar el receso, sonó la campana para indicar el regreso a clases. Diana se paró y rápidamente se fue corriendo. Los tres chicos intentaron pararse, ¡y fueron a dar al piso atados de las agujetas! Inmediatamente supieron lo que había ocurrido.


“¡DIANA!” gritaron los tres al unísono.


“¿Fue por meterla en problemas?” se ponderó Carlos forcejeando.


“¡Ya pasaron dos semanas!” Iván intentó quitarse el zapato, pero estaba tan ajustado que no podía.


“¿Puedes culparla? En todo el tiempo que la conozco, nunca había tenido un reporte en su vida,” comentó Santiago.


“Sí. Debimos tener un poco más de tacto,” agregó Carlos parpadeando con más intensidad.


“A ver chicos, a la de tres, se toman de las manos y jalan. ¡Uno…dos…tres!” Santiago terminó de contar, y en cuanto jalaron…se despegaron y salieron disparados con fuerza.


FIN


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