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  • Foto del escritorSEBASTIAN DIAZ

RICITOS DE ORO... mi versión




Había una vez una niña llamada Ricitos de Oro. Como su nombre lo indicaba, tenía pelo color oro en bucles bien arreglados. Era una niña muy desobediente y molesta, que no se podía quedar quieta. No hacía caso de las más simples órdenes…y sus padres, ya no sabían qué hacer con ella.


Poco imaginaba Ricitos de Oro que un día su actitud le traería serias consecuencias.

Nuestra historia empieza una ocasión que Ricitos de Oro estaba en una excursión de su escuela, precisamente en el Parque Nacional Anchorage. Era famoso por sus áreas boscosas, perfectas para actividades al aire libre, así como su abundancia de criaturas silvestres…incluyendo los osos.


Siendo la capitana del equipo de porristas de su escuela, Ricitos de Oro estaba sentada junto a su mejor amiga, Dulce de Miel, planeando la estrategia para el juego, una vez regresar.


“Si ponemos a Mallory hasta arriba, seguro…” comenzó Dulce de Miel antes de que la otra niña la interrumpiera.


“Mallory se torció el tobillo. Hasta arriba debe estar Rose,” opinó.


Dulce de Miel aceptó. Era un patrón repetitivo, siempre que quería sugerir algo, ella la interrumpía. No decía nada porque no quería arriesgarse a perder su amistad…pero la verdad es que ya se estaba hartando.


Cuando el autobús llegó al bosque, los niños se bajaron levantando un montón de polvo a su paso, y la maestra Spencer salió después con una pizarra y un lápiz en la mano.

“Veamos si están todos,” Spencer comenzó a pasar lista.


“Ricitos de Oro,” llego el turno de la pelirrubia de contestar.


“Presente, paciente y puntual,” dijo levantando la mano. A pesar de sus problemas de actitud, Ricitos de Oro era una buena estudiante, y la chica más popular de su escuela.

El sonido agudo de un silbato interrumpió al grupo. Un hombre con un traje de seguridad, y un peculiar bigote, se puso frente al grupo.


La monitora lo señaló con la mirada, “él es el Sr. Maverick, el guardabosques del parque. Él y yo estaremos a su cuidado, así que deben hacer todo lo que digamos.”

El recorrido prosiguió normal, y todos los niños se divirtieron. Pescaron, acamparon, e hicieron competencias atléticas.


Habiéndose pasado casi seis horas, llegó la hora de dar por finalizada la visita.

El Sr. Maverick sopló su silbato nuevamente y los niños se pusieron en fila india. Todos…excepto Ricitos de Oro, quien tenía su vista puesta en una casa.


‘¡Guau! ¡Qué preciosa!’ pensó. E ignorando la advertencia de hacer todo lo que le dijeran…entró.


Una vez dentro de la casa, lo primero que Ricitos de Oro pudo ver fueron tres platos de sopa.


“¡Genial, tengo hambre!” probó el primer plato de sopa, que era grueso y de color negro…y de inmediato escupió.


“¡Muy caliente!”


Probó el segundo, que era ligeramente más chico y de color blanco.

“¡Muy fría!”


El último plato era chiquito, de color amarillo, con una cucharita de juguete.

“Ah, perfecta.” Sin siquiera respirar, se acabó toda la sopa de un sorbo.


A continuación, se dirigió a la sala. Notó que había dos sillones, y una sillita, así como un televisor.


Se sentó en el primer sillón, que era gordo, de cuero, con respaldo y muy elevado. “Muy alto.”


El segundo sillón era de terciopelo rojo, con amplias aperturas. “Muy ancho.”

Por último, la sillita era de madera, sobre un soporte que la hacía moverse. “Esta es perfecta.”


Y comenzó a mecerse en la sillita.

“¡Yupi! ¡Arre caballito!” Tras aproximadamente un minuto de mecerse, la silla se rompió, y ella cayó y se raspó el tobillo.


Rápidamente se lavó el raspón, y se dio cuenta que le había dado sueño. Subió al segundo piso y ahí vio tres camas: una grande, una mediana, y una chica.


Primero intentó la cama grande. “Muy dura.”


Luego se pasó a la mediana. “Muy blanda.”


Y por último, la bebé. “Perfecta.” Se tapó con las sábanas, y empezó a dormitar.

Pero apenas unos minutos después, fue interrumpida por el sonido de unas pesadas pisadas en el piso de abajo.


Ricitos de Oro se levantó de la cama, y se asomó por el barandal de la casa. Y entonces quedó pasmada por el susto. ‘¡Osos!’


Presa del pánico, no supo qué hacer. Eventualmente, regresó a la cama chica y se hizo bulto en las sábanas. ‘Seguro no subirán.’


En el piso de abajo, los tres habitantes de la casa no estaban nada contentos


“Alguien probó de mi sopa,” rugió la gruesa voz masculina de Papá Oso.


“Y de la mía también,” se quejó la voz femenina de Mamá Oso.


“¡Y de la mía, sin dejar nada!” chilló la voz aguda de Bebé Oso.


La familia se dirigió a la sala para que Papá Oso agarrase el periódico. Fue entonces que Papá Oso y Mamá Oso notaron marcas de zapatos en sus sillones.


“Alguien se sentó en mi sillón,” masculló Papá Oso.


“Y alguien en el mío,” cruzó los brazos Mamá Oso.


Bebé Oso vio su sillita destrozada. “¡Y alguien en mi sillita, y la hizo pedazos!”


“Claramente tenemos un intruso,” dijo Papá Oso.


“¿Creen que siga aquí?” preguntó Mama Oso.


“Sólo hay una forma de saber.” La familia de tres empezó a subir las escaleras. Ricitos de Oro se dio cuenta al escucharlos subir.


‘¡Me van a descubrir!’ En un abrir y cerrar de ojos, se escondió debajo de la cama grande.

Convenientemente, las tres camas tenían marcas de lápiz labial. Nuevamente los tres Osos se quejaron.


“En definitiva. Se acostó en mi cama.”


“¡Y en la mía!”


“¡Y también la mía, y la manchó toda!”


Ricitos de Oro se quedó inmóvil. Con suerte no la descubrirían. Pero en ese momento, le empezó a picar la nariz. ‘¡Ay no, ahora no!’


Demasiado tarde. Ricitos de Oro soltó un estornudo ahogado. Desafortunadamente, los osos tienen un oído súper desarrollado, de modo que Papá Oso sintió algo.


Rebuscó con su pesada y peluda pata debajo de la cama, hasta que finalmente consiguió dar con un moño azul.


“¡AJÁ!” rugió. “Familia, ¡háganse a un lado!”

Ricitos de Oro gimió de dolor mientras Papá Oso la jalaba del moño, sacándola de debajo de la cama. Al encontrarse con los tres Osos, sonrió nerviosa.


“Hola…” Silencio inmóvil.


“¿Qué rayos significa esto?” reprendió Mama Oso. “¿De dónde has venido?”


“Vine…de excursión…con mi escuela…”


“Sin duda no te han enseñado nada, ¿verdad?” Papá Oso la tenía bien sujeta de sus caireles de oro.


“Puedo explicarlo, vi que estaba vacía, y…no me esperaba”, los señaló, “esto.”


“¿Qué?” farfulló Mama Oso. “¿Nosotros? ¿De casualidad no viste los retratos en la pared en tu ‘visita’ a la sala?”


Bebé Oso se soltó a llorar. “¡Rompiste mi sillita! ¡Te odio!”


Papá Oso gruñó, y sujetó más fuerte a la intrusa. “Escuchen, sé que están molestos, pero si pudiéramos arreglar esto como gente civilizada…”


“Oh, y sí lo haremos. Podríamos devorarte viva, pero eso es demasiado bueno para ti.”

“¿Qué harán entonces?”


Minutos después, Ricitos de Oro se encontraba sentada en un cuarto repleto de animales, que barritaban, se quejaban, y la insultaban. La familia de los osos se encontraba sentada del lado contrario del estrado.


En eso un enorme pájaro (tres veces más grande que un humano) con peluca y un martillo en el pico retozó hasta el podio.


“Preside su Eminencia, el honorable Víctor Papada.”


“Ya valió ma…” antes de que Ricitos de Oro pudiese terminar el pensamiento, Papada golpeó el martillo con toda la fuerza, haciendo retumbar su asiento.


“Orden en la Corte del Bosque. Alguacil Wilson, ¿a quién se juzga en esta ocasión?”

“A Ricitos de Oro, Eminencia.”


Papada hizo sonar el martillo nuevamente. “¿Quiere la defensa hacer su argumento inicial?”


Papá Oso tomó la palabra para explicar que, tras regresar de su caminata, la familia encontró su casa hecha un desorden.


“¡Y esta mocosa es la intrusa! ¡Es la culpable!”


Papada volteó a ver a la niña. “¿Cómo se declara la acusada?”


“Bueno, Eminencia, perdóneme por pensar que la curiosidad es un crimen.”


“La curiosidad no es un crimen…¡meterse en casa ajena sí lo es!” Golpeó el martillo nuevamente lo que hizo a Ricitos de Oro tragar saliva.


“¿Cómo fue que llegaste aquí en primer lugar?”


“Vine de excursión con mi escuela, pero estaba aburrida…razón por la cual descubrí esa casa.”


Rigió el silencio en la casa. De inmediato se formó un veredicto. “Jurado, ¿Cómo la declaran?”


“¡CULPABLE!”


“Ricitos de Oro, has sido declarada culpable por el jurado. Por lo tanto, te sentencio a…”


Cerró los ojos, y en ese momento…


“¡SORPRESA!”


Los volvió a abrir, confundida. La corte de animales se había ido, así como la familia de los osos…y frente a ella estaban sus compañeros (incluida Dulce de Miel), la Maestra Spencer, y el Guardabosques Maverick. Genuinamente atónita, no comprendía nada.


“¿Qué está pasando?” fue todo lo que salió de su boca mientras los demás se reían.

“¡Ay, amiga, caíste redondita!” dijo entre carcajadas Dulce de Miel.


Tras unas cuantas risas más, la maestra Spencer dijo, “repitamos mi parte favorita.” Sacó su celular y se escuchó la misma frase implorada que dijo Ricitos de Oro en la ‘corte de animales.’ “¡NO, NO POR FAVOR! ¡NO ME SENTENCIEN! ¡NO ME SENTENCIEN A NADA! ¡YO SOLO QUERÍA EXPLORAR, PERO NUNCA DEBÍ SEPARARME DE LOS DEMÁS! ¡NUNCA DEBÍ DESOBEDECER! ¡PERO ESA SOY YO, SIEMPRE DESOBEDEZCO! ¡NO LO VOLVERÉ A HACER! ¡NOOOOOO!”


La niña pelirrubia tenía una expresión de sorpresa de lo más genuina dibujada en su rostro. “¿Fue una trampa?”


“¡SÍ!” respondió exhilarantemente Dulce de Miel.


“Pero todo por una buena causa,” continuó el guardabosques Maverick antes de sonar su silbato nuevamente.


“¿Qué razón?”


“Enseñarte la importancia de la obediencia”, contestó la maestra Spencer.


“Además de la importancia de no interrumpir a los demás,” agregó Dulce de Miel con una sonrisa traviesa.


La porrista seguía sin hablar. Otra de sus amigas le puso una mano en el hombro, “perdón por asustarte así, pero tu actitud nos estaba hartando.”


“Y pensamos,” dijo el guardabosques Maverick, “si no nos hacías caso a nosotros, quizás le harías caso a tres osos y a toda una corte juzgándote. ¿Impresionada?”


La niña asintió con la cabeza, la boca y los ojos bien abiertos.


A partir de ahí, Ricitos de Oro cambió totalmente su actitud. Aprendió a escuchar los consejos, instrucciones, y advertencias de los demás, así como a tener en cuenta sus opiniones. También aprendió lo mala que puede ser la curiosidad.


De lo que más feliz estaba, fue de no haber sido comida por los osos.


FIN

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