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  • Foto del escritorSEBASTIAN DIAZ

Cenicienta—mi cuento


Buenos días, mis queridos lectores. Me llamo Ella Bourne, y soy la primera mujer presidenta de la historia. Esto en sí es un gran logro, pero nadie lo creía posible. ¿Cómo sucedió? Tenemos que remontarnos mucho tiempo atrás para empezar a contar mi historia.


En alguna ocasión, esto fue un reino. Todos los habitantes eran analfabetas y supersticiosos, y estaban plagados de las más terribles enfermedades. Y yo era la princesa, la hija del rey. La Ella antigua era conocida por su larga cabellera color oro, y sus ojos verdes que relucían en el nivel de luz correcto. Debido a estos, sus dos malvadas hermanastras, Summer y Cookie, se la pasaban haciéndole bullying. Lo que más disfrutaban…era hacerla llorar. Y su padre, el Rey, tenía ideas muy anticuadas; creía que su hija, la princesa, únicamente debía sonreír y saludar.


“¡Papi, papi!” no paraba yo de decir. “¡Quiero ir a la escuela!”


A lo que él se reía. “¿La escuela? No, Ella. Tú eres una princesa. La escuela es solo para los hombres. Debes quedarte aquí y hacer las cosas que una buena princesa hace.”

Mi padre y mis hermanastras me juzgaban únicamente por mi apariencia, pero yo estaba dispuesta a probar que era más que solo una cara bonita. Al final, logré convencer a mi padre de que me dejara asistir a la escuela.


“¡No te arrepentirás!” aseguré. “¡Estarás muy orgulloso de mí en cuanto regrese!”

En mi primer día en la escuela, ¡estaba muy emocionada! Lograría aprender todo lo que había que saber y cambiar el rumbo de las cosas, para crear un mejor futuro para mi reino. Desafortunadamente, en la clase de ciencias, todos mis compañeros me hacían el mismo tipo de comentarios.


“¡Dios mío, mírenla!”


“Les apuesto a que es 100% cabello y 0% cerebro.”


“¿Qué hace ella aquí? No pertenece en este lugar.”


“Oigan, déjenla,” dijo entonces la voz de un chico de mi edad, en cuanto volteé y lo vi quedé impresionada. “Démosle la oportunidad de probar que sí pertenece aquí. Estoy seguro de que podemos aprender mucho de ella.”


Por fin…alguien que no me juzgaba por mi apariencia. Me senté en mi asiento, que estaba junto al del chico que defendió mi honor. Era alto y muy apuesto, de tez clara. Tenía largo pelo negro y ojos marrones, y usaba una túnica negra que colgaba y le llegaba hasta las rodillas.


Completamente atónita por su apariencia, y por su personalidad, sólo pude sonrojarme mientras decía, “gracias.”


“No les haga caso. Si se la pasan juzgando, entonces los poco inteligentes son ellos,” comentó, y luego extendió la mano mientras se presentaba, “me llamo Winston. ¿Y tú eres…?”


“Ella,” me presenté entonces yo estrechando su mano, y Winston se me quedó viendo con total curiosidad.


“¿Eres la hija del rey?”, a lo que yo asentí.


“Yo soy algo así como un poeta errante,” continuó. “Voy de tierra en tierra recitando mis

escritos.”


Justo cuando creí que no podía estar más impresionada.


“¡Mi papá lleva años buscando a un intérprete para su corte!”


“¿Crees que puedas presentarme con él?”


“Sin duda podría hacerlo.”


Y así comenzó nuestra amistad. Nuestros pensamientos fueron interrumpidos cuando el obispo entró al salón e hizo sonar la campana, iniciando la clase.


Durante los siguientes días, yo y Winston nos hicimos más amigos. En una de esas, se me ocurrió presentarlo a él y a mi padre.


“Papi, mira, él es Winston Edwardson. Es un poeta ambulante y lo conocí en la escuela.”


“Un placer conocerlo, su Majestad,” Winston se puso en cuclillas y besó la mano anillada que el rey le había extendido.


“Eres muy educado. Definitivamente eres bienvenido siempre que quieras, Winston.”


En el otro cuarto se encontraban mis malvadas hermanastras. Le susurré a Winston quien esperó detrás de la pared. A estas alturas, sus burlas ya no me importaban.


“¿Podría tu cerebro estar más vacío?” Summer me aventó un papel a la frente antes de que Cookie me atrapara en uno de sus clásicos coscorrones.


“¡Eres tan patética como eres bella!”


Sonriendo engreídamente, puesto que tenía un as bajo la manga, golpe el suelo con mis zapatillas tres veces, a lo cual Winston se metió al cuarto que las tres compartíamos.


¡Hubieran visto sus caras! Cookie solo se quedó estupefacta, pero Summer estaba sonrojada, ¡y babeando como loca! Sonreí y tomé del brazo a Winston, pero antes de retirarme dije, “yo y mi novio tenemos que estudiar y hacer la tarea,” dejándolas aún más confundidas…y fascinadas.


En nuestro cuarto, a media tarea, Winston me hizo una pregunta.


“¿Es cierto lo de ‘novio’?”


Suspiré, y luego sonreí. “Me gustas, Winston. Desde que te conocí me has gustado, y realmente te agradezco que defendieras mi honor,” tomé su mano entre las mías. “Estoy dispuesto a intentarlo si tú lo estás también.”


Winston no dijo nada y simplemente nos besamos.


A partir de ahí empezamos a salir. Y realmente no había nada más allá que la escuela y

las citas. En el reino todo se mantuvo pacífico. Pero un día las cosas cambiaron, mis queridos lectores. Se presentó la oportunidad para probarme por lo que realmente era.


Por si no les he comentado, el reino se ubica encima de una montaña. Debajo hay un valle cuyos habitantes son por naturaleza violentos y aguerridos. Y un buen día, se les ocurrió invadirnos. ¡Y se veía que la invasión iba en serio! Todos los soldados se encontraban afuera. Y el comandante era el Rey del Valle, con pelo y barba desgreñados, armadura de oro de cuerpo completo (excepto una parte de las piernas), sandalias con alas y casco con cresta.


“Querida, ¿Qué está pasando?” preguntó Winston atónito ante tan repentino ataque.


“¡HE VENIDO A INVADIRLOS!” exclamó a todo pulmón el invasor sin notar la apatía e indiferencia total del pueblo a ser invadidos.


“¿Quién es este tipo?” preguntó Winston, quedándose sin aire mientras corríamos.


“¡Un enemigo muy peligroso! ¡Hay que avisarle a papá!”


Tras una larga carrera subiendo por las escaleras (no estoy exagerando, literalmente larga), llegamos al palacio, en donde mi padre se notó alarmado al vernos tan agitados.


“Ella, Winston, ¿Qué ocurre?” dijo visiblemente preocupado.


“¡ESO!” fue todo lo que Winston pudo decir antes de voltear a ver todo el ejército detrás de él. Summer y Cookie entraron en escena, atraídas por el escándalo, a lo que el Rey del Valle…¡sacó una red y las atrapó!


“¡NOOOOOOO!” gritaron ambas.


“Jaja, por fin, criadas reales para pulir mi armadura.” Sí que era malvado.


“No te preocupes, Ella, te protegeré,” dijo Winston. “Y a ellas también, por malvadas que sean.”


Winston se puso en pose de batalla, pero en menos de un segundo, el invasor lo golpeó

con el puño. ¡Winston fue a dar contra la pared, quedando inconsciente!


“Jajaja, el chico poeta fue un reto fácil. Ahora…” sacó su espada. Me coloqué frente a él.


“Si quieres este reino tendrás que pasar sobre mí.”


“Ella, permíteme,” mi papá con todas sus fuerzas se paró del trono y fue a encarar al enemigo.


Se libró una feroz batalla durante un par de minutos, pero eso terminó cuando el Rey del Valle derribó a mi papá al suelo y lo apuntó con su espada, antes de… ¡clavársela en el pecho!


“¡PAPI!”, las lágrimas empezaron a rodar por mis ojos, me acerqué al cuerpo inmóvil de mi padre quien se estaba rápidamente desangrando.


“Ella…todo depende de ti ahora…” fue todo lo que pudo decir con las fuerzas que le quedaban. Por unos cuantos segundos me quedé ahí llorando. Winston, que a este punto había recuperado la conciencia, se acercó a consolarme.

Ahora sí estaba completamente enfurecida. Me dirigí hacia el Rey del Valle.


“¡PAGARÁS POR ESTO!” intenté darle una bofetada, pero lo único que logré fue lastimarme la mano. ¡Su casco de oro era demasiado tieso! Winston, sin embargo, si le dio una buena patada en la parte de las piernas que no estaba protegida.


“Lo que ella dijo es cierto,” dijo Winston más tranquilo. “No quedará impune.”


“¡JAJAJAJA!” se rio el desgraciado. “¿Cómo? ¿Cómo van a lograr la tonta hija del rey y su debilucho novio vencerme?”


Por mucho que lo odiara, yo temía que tuviera razón. “No lo sé, Winston. Tal vez sea inútil.

Digo, si mi papá no pudo derrotarlo, ¿Cómo diablos…?”


Pero como teniendo una idea, Winston intervino. “Si no podemos vencerlo usando la fuerza bruta, lo venceremos usando el cerebro.” Luego se dirigió hacia el invasor y dijo, “lo retamos, Rey del Valle, ¡a un debate intelectual!”


“¡Llevemos esto afuera del palacio y terminemos con esto!” grité ahora yo estando de acuerdo con la idea.


Afuera del palacio al final de las escaleras se juntó una multitud (los aldeanos, incluidas mis hermanastras que seguían atrapadas en la red.) Yo y el Rey del Valle nos encontrábamos situados en lados opuestos de la misma mesa de madera, cada lado con un botón rojo. Winston, situado parado entre ambos, actuaba como el moderador.


“Muy bien, es simple: por cada ronda, se propondrá un tema distinto a debatir libremente entre ambos participantes. El primero en lograr hundir a su contrincante de modo que no pueda responder, gana la ronda. El que gane 5 de 6, gana el debate. Pongan sus condiciones.”


Hubo un sonoro estruendo en la mesa cuando el Rey golpeó el puño en ella. “¡Fácil! Si yo gano, me quedo con el reino y…” apuntó a mis hermanastras, “con ellas como mis criadas reales.”


“Bien,” dije yo de la manera más ecuánime posible. “Pero si yo gano, te irás de este reino y no volverás a molestarnos nunca.”


El Rey lo pensó por unos segundos, pero después ofreció su mano. “¡Trato hecho!”


“Que el mejor gane,” estrechamos manos y al sonar la campana arriba de nosotros, dio inicio el debate. Winston tenía unos cuantos papeles en sus manos.


“Bien,” dijo mi apuesto prometido. “Nuestro primer tema a tratar es el Teorema Pitagórico. No es sólo la fórmula que nos da las medidas de los lados de un triángulo, ¡también es uno de los más grandes misterios del universo! ¿Por qué? ¡Porque es probable que el mismo Pitágoras no lo haya escrito! Algunos dicen que fue él, pero otros le atribuyen su creación a uno de sus seguidores. Pero ¿ustedes qué opinan? Ella, tú tienes la palabra.”


“Bueno, Winston, yo en lo personal creo que solo porque algo lleve el nombre de una persona no significa que lo haya creado, o sea de su propiedad.”


“Gran respuesta,” luego Winston volteó a ver a mi contrincante. “¿Usted qué opina, Rey del Valle?”


Milagrosamente, ¡lo había dejado estupefacto! ¡No sabía como reaccionar! El botón rojo de su lado de la mesa sonó, indicando que perdía esta ronda. Todos aplaudieron mientras Winston colocaba de mi lado de la mesa un guijarro (equivalente a un punto.)


“Uy, lo siento, quizás vamos demasiado rápido,” se burló Winston. “Mejor cambiemos de tema. Hablando de triángulos, las pirámides son estructuras triangulares en el antiguo

Egipto. ¡Maravillosa civilización, así como los misterios que esconde! Sin duda el más interesante de todos es el de las tumbas malditas de los faraones. ¿Qué habrá detrás de tan extraña práctica? ¿Ella?”


“Yo creo que los mismos faraones maldecían sus tumbas, para evitar los saqueos y profanaciones.”


“Rey del Valle, esperemos que pueda usted recuperarse después de tan brutal estancamiento.”


Tanto yo como Winston (y luego todos los aldeanos) nos reímos a carcajadas mientras nuestro opresor se ponía rojo como tomate, primero de la vergüenza, y luego de la rabia.

Nuevamente, perdió la ronda. Winston agregó otro guijarro a mi lado de la mesa.


“¡Uy! ¡Pues parece que no se recuperó! ¡Sólo se hundió más!”


Fue un reto fácil de ganar, la escuela me había servido. Ronda tras ronda logré hundir a mi contrincante.


“¡Números irracionales!”


“¡Ciencia y alquimia!”


“¿Qué me puedes decir de la frase ‘yo sólo sé que no se nada?’”

“OK, corrijo, el que no sabe nada… ¡eres tú!”


Tras ese último comentario ya se notaba al invasor cansado y fúrico. ‘Voy a aplastar a esta mujer…’


Tras cuatro rondas más, no había duda de quien era la ganadora. ¡Yo tenía 6 puntos, y el enemigo, 0!”


“¡Y Ella es la ganadora de este debate!”


Cayó confeti y me arrojaron flores. ¡Era la heroína del pueblo, al fin había logrado demostrar lo que realmente era!


“¡No! ¡No es justo! ¡No es justo!” El muy inteligente (¿notaron el sarcasmo?) se sacó el casco y lo tiró al suelo, haciendo una rabieta nivel 8. “¡Es un fraude! ¡Un ultraje! ¡Y no lo pienso permitir!”


El Rey desenfundó nuevamente su espada y la apuntó hacia mí; se veía listo para tajarme el cuello. “¡No hay forma de que una mujer me haya…!”


Pero antes de que pudiera terminar de despotricar, alguien lo golpeó desde atrás con una maciza piedra en la cabeza (que ya no estaba protegida.) El Rey del Valle quedó doblado hacia adelante y paralizado, antes de caer y empezar a rodar por la larga escalera, de regreso al valle de donde vino.


¿Creen que eso es sorprendente? Esperen a que les diga quien arrojo la piedra: ¡mi padre! ¡Estaba vivo! Se sacó la espada del pecho sin problemas y se la entregó a uno de sus guardias reales.


“Esta chica mala ya ha derramado demasiada sangre inocente. Límpienla bien, y con el metal fundido hagan mallas de armadura para todos.”


“¡PAPI!” Lo abracé mientras me caían lágrimas de felicidad, y Winston liberó a Summer y Cookie de la red del enemigo.


“Ella, hoy detuviste al enemigo de una manera que ninguno de nosotros pudo hacerlo. Estoy orgulloso de ti, y sé que serás una gran gobernante.”


Ante la sorpresa de todos (incluida la mía) se quitó la corona y me la colocó en la cabeza. ¡Todos aplaudieron! ¡Yo no cabía de la emoción!


Winston y yo nos besamos. Summer y Cookie se pusieron de cuclillas ante mí, su nueva reina. Para divertirme un rato con ellas, las pellizqué en las mejillas y les di ligeros golpes en la nuca con el callado real de mi padre, ante las carcajadas de todos.


Tras convertirme en reina, me casé con Winston. Actualmente estamos esperando nuestra primera hija. Gracias a mí, el reino prosperó, se modernizó, y se hizo un lugar mejor. Introduje escuelas y hospitales, construí puentes y caminos, y una economía estable, así como jabón y sanidad. Convertí la monarquía en una democracia. Las primeras elecciones se llevaron a cabo a los pocos días. Unánimemente fui elegida presidenta, con Winston como mi tesorero.


Y para que nadie me volviera a juzgar por mi apariencia, me corté el pelo hasta la nuca, me dejé los flequillos, me lo teñí de marrón, y deseché también mi vestido real, empezando a usar ropa más casual.


¿En cuanto a la gente del Valle? Resulta que estaban hartos de hacer la guerra y dominar a las demás naciones, así que forjamos una alianza pacífica. Derrocaron a su rey, cambiándolo por alguien más joven e intelectual, y el antiguo…¡se convirtió en el paleador de basura del Valle, un trabajo que iba bien para su fuerza y musculatura!


Y pues aquí está amigos, esta es la historia de cómo me convertí en la primera mujer gobernante y demostré que la verdadera belleza se lleva por adentro.


Gracias por leer mi historia.





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